Una de las experiencias más angustiantes para cualquier persona es sentir que pierde repentinamente el control sobre su propio cuerpo. La opresión en el pecho, la sensación de falta de aire o la aceleración del ritmo cardíaco son síntomas que generan un gran malestar y que llevan a muchas personas a urgencias pensando que están sufriendo un problema físico grave.
Sin embargo, en gran parte de estos casos nos encontramos ante una crisis de pánico o un pico elevado de ansiedad. Aunque suelen confundirse y emplearse como términos equivalentes, identificarlos correctamente es el primer paso para perderles el miedo y aprender a gestionarlos.
Diferencias principales entre un ataque de pánico y la ansiedad alta
Aunque ambas respuestas comparten bases fisiológicas, existen claras diferencias en su intensidad, su inicio y su duración:
Aparición e intensidad
El ataque de pánico: Aparece de forma brusca, súbita e inesperada («como una ola»). Alcanza su pico máximo de intensidad en cuestión de pocos minutos.
La ansiedad elevada: Suele ser fruto de una acumulación progresiva de estrés. Va aumentando gradualmente a lo largo de horas o días.
Duración
El ataque de pánico: Aunque la persona siente que el tiempo se detiene, la crisis aguda suele durar entre 10 y 30 minutos, remitiendo de manera paulatina.
La ansiedad elevada: Es un estado más sostenido en el tiempo. La persona puede pasar días con tensión muscular, rumiación mental e inquietud constante.
Pensamientos catastróficos asociados
Durante una crisis de pánico es muy habitual experimentar pensamientos absolutos de peligro inminente: «me voy a dar un ataque al corazón», «me voy a desmayar» o «estoy perdiendo la cabeza». En la ansiedad sostenida, en cambio, predominan las preocupaciones futuras («¿y si me pasa algo malo?», «no voy a ser capaz de afrontar esto»).
¿Qué hacer en el momento en que aparece una crisis?
Si sientes que la ansiedad se dispara o estás comenzando a notar los primeros síntomas de una crisis de pánico, aplica estas pautas de regulación inmediata:
Reconoce lo que está pasando: Repítete a ti mismo/a que estás experimentando una reacción de ansiedad. Aunque los síntomas son muy desagradables, no son peligrosos ni van a causarte daño físico.
Ancla tu respiración (Respiración diafragmática): Inhala lentamente por la nariz en 4 segundos, manteniendo el aire en el abdomen, y exhala suavemente por la boca en 6 segundos. Alargar la exhalación ayuda a desactivar el sistema nervioso simpático.
Busca un punto de apoyo externo: Centra tu atención en elementos de tu entorno. Nombra 5 cosas que veas a tu alrededor, 4 que puedas tocar y 3 sonidos que escuches. Esto ayuda a salir del bucle de hipervigilancia corporal.
No luches desesperadamente contra la sensación: Intentar «frenar a la fuerza» el malestar suele aumentar la tensión. Deja que la ola de ansiedad suba y alcance su pico; de manera natural volverá a bajar. Tener un episodio aislado de ansiedad es algo común ante situaciones de alta demanda emocional. Sin embargo, es recomendable acudir a consulta de psicología si:
Las crisis se repiten de forma frecuente.
Has empezado a evitar lugares o situaciones por miedo a sufrir un nuevo ataque (miedo al propio miedo).
La ansiedad interfiere en tu trabajo, tu descanso o tus relaciones personales.
Mediante la Terapia Cognitivo-Conductual y la modificación de conducta, es posible dotarte de herramientas prácticas para identificar los desencadenantes, desactivar la respuesta de alarma del cuerpo y recuperar la tranquilidad en tu vida cotidiana.
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Si vives en Albacete o prefieres la modalidad online, puedo ayudarte a comprender y superar estos episodios con un tratamiento adaptado a tus necesidades.


